El Regalo
El hombre miró a Dios a la cara y no murió, porque ya lo había hecho antes.
Sintió que debía justificar su vida y sus actos. Comenzó con un tema que para él era muy pecaminoso.
Dijo: - Sr.: no he permitido que las tentaciones horribles de la carne me dominaran. Pude, gracias a toda mi fuerza de voluntad y a mi apego firme a la doctrina que mamé de chiquito, resistir y mantenerme puro frente a los embates, reitero, de esos seres malignos y tentadores llamados mujeres.
Calló y esperó Su Bendición (de Dios, claro).
El Sr. Lo miró con una infinita piedad y comprensión llena de omnisapiencia y dejó escapar un levísimo suspiro... Después, como quien le habla a un pichicho (¡), dijo: - ¿Así que te pareció bueno despreciar aquello que era el mejor regalo que creè para vos?
Pobre pequeño ser (creado por mí, claro).
Deberías pasar algunos siglos en el Purgatorio (lugar que algunos dicen que caducó) para meditar y madurar un poquito...
Te envío pues allí para que aprendas - fruto de tu meditación – a ver y vivir alguna otra vez, lo bello y bueno del mundo que despreciaste.
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